Agua viva. Clarice Lispector.

"Renuncio a tener un significado".

sábado 5 de diciembre de 2009

Doscientos treinta y seis

En mí viven inmortales:
pocos y precisos inmortales

Pilares fundamentales de un puente sobre un río turbulento

Ellos me acunan cuando me hago niña o cuando la vejez me sorprende en extremo

Son estoicos y están siempre a mano cuando los necesito
Y no se quejan: esa es la mayor virtud de la que hacen gala

En líneas generales, nos llevamos bien en esta convivencia que impongo y solo en escasas oportunidades adherimos a la guerra del otro

No es la mía vocación de taxidermista,
mis inmortales no son seres embalsamados a quienes reúno para besar en las Navidades

Nada de eso. Son para mí tan necesarios como el aire entre las palabras
o como decir esto o decir aquello

Cada tanto debo atender a sus exigencias.
Uno me pide que cuide su huerta en el pueblo blanco
y aunque sé que ha sido ganada por el dominio exterminador de las hormigas,
callo (no quiero perturbar su ensoñación con esta bofetada de inútil realidad)

Otro insiste con que encontraré el secreto de lo perdurable
escuchando el lenguaje acuoso de los peces
y aunque me detengo al borde de la pecera y finjo oir una canción
no logro entender de qué me habla

No me engaño:
sin mi voz, mis modestos inmortales estarían muertos
Por eso sospecho que se aprovechan de mi vocación de médium
y que los días de nuestra relación están contados

pero para qué preocuparlos desde ahora, me digo...

Y juntos vemos este nuevo atardecer al borde del mundo

domingo 29 de noviembre de 2009

Doscientos treinta y cinco

Jugamos a que yo me ahogaba y debía pedir auxilio. Él venía hasta mí, manoteando el agua que nos separaba, me prendía la pulsera de la tablita de telgopor en la muñeca y me salvaba. Y se iba nadando sin esperar a que le agradeciera.

Lo hicimos varias veces. Después escribió en la arena "Te amo" y dibujó un corazón que parecía una frutilla.

Esa tarde hablamos de los animales en vías de extinción como los gorilas de montaña, los koalas y el oso panda. Los buscamos en internet. Vimos que se alimentaban de plantas que quedaban reducidas por el avance de las ciudades, que eran doblegados por la caza ilegal, por los cambios climáticos, por la civilización y sus furias.

A la noche nos sentamos afuera, debajo de un árbol. Le hice masajes en el pie que le dolía. Y entonces hizo la pregunta que había flotado entre nosotros todo el día, como un fantasma.

- Mamá, ¿hay gente que desearía no estar viva?

Apelé a la estúpida coartada de hacerle otra pregunta, a fin de ganar tiempo:

- ¿Por qué te parece que alguien desearía no estar vivo?

- Porque así no le dolería las enfermedades, los venenos y no tendría que morirse. Porque si no estás vivo no tenés que morirte.

- Bueno -dije tratando de encontrar un contrapunto a medida de su infancia-, si no estuviéramos vivos tampoco nos divertiríamos, ni viviríamos vacaciones, helados, juegos en el agua, regalos, chupetines...

- Sí - dijo él-, pero si estás vivo te duelen las cosas... Sólo los dioses no se mueren porque son inmortales... Y Papá Noel...

- ¿Papá Noel es un dios? - le pregunto con sorpresa.

- No -me dice él como si fuera tan obvio que no hiciera falta explicarlo-. Pero como hace feliz a mucha gente no se muere ni se va a morir nunca.

Y se quedó pensando.

- Cuando yo sea grande voy a tener una juguetería y voy a repartir regalos y así también voy a ser inmortal... Y si te morís, te hago volver...

Entonces me abrazó fuerte y dijo:

- Así te podés quedar conmigo... y yo no me quedo solo.


martes 24 de noviembre de 2009

Doscientos treinta y cuatro

La palabra ladra
al atardecer del cerro
sin descanso

no cesa
ni ceja

la palabra es ese perro buldog
roído por el mal de la melancolía
envenenado y abierto
por el vértice de una estrella

lejos de ser guardián
nos va comiendo vivos

se queda el perro
con los dientes
llenos de nosotros

en retacitos o hilachas

se queda dormido

sábado 21 de noviembre de 2009

Doscientos treinta y tres

A veces hablo el idioma de los aeropuertos

Me despido de cada uno
y de cada cosa

sin saber si soy yo o si son ellos
los que parten

Vaya a saber donde obtuve esta extraña costumbre
que tanto practican las mareas

viernes 20 de noviembre de 2009

Doscientos treinta y dos





Paseo en biciscafo por los Lagos de Palermo. Es domingo de octubre. Me puse mi jumper a cuadros, las medias tres cuartos con rombos, blancas y los zapatos nuevos. Mi pelo largo está tirante en una media cola. Asoma mi frente ancha.

¿Nos subimos a un cisne?

No, no es un cisne, es una foca. La foca podría corcovear o enloquecer y lanzarnos al agua pantanosa. A nadie parece importarle. Mi hermano lleva una de sus poleras y esta feliz. A él muchas cosas lo hacen feliz. Siempre se ríe.

Papá grita desde la costa, mírenme que les saco una foto y hace clic con la Kodak Fiesta. No sé qué más pasó ese día. Tal vez dimos vueltas y vueltas al lago y nos perdimos entre puentes de islas artificiales. Las algas en el fondo tejían su maraña, una trampa mortal bajo nuestro bello paseo flotante. Siempre es así. Mientras una foca corre o nada, el mundo choca a tus espaldas. Hoy sale el sol. Y mañana también saldrá. Pero no siempre el sol ilumina.

En la foto me yergo como una reina pequeña y sonriente. Disimulo.

Tal vez sólo me esté preparando para lo que vendrá.

martes 17 de noviembre de 2009

Doscientos treinta y uno

Al atardecer
el mundo se quiebra
en la quietud del bosque

a pecho descubierto
sin padre
ni madre
ni perro que nos ladre

sin sol
sin luz
y sin moscas

viernes 13 de noviembre de 2009

230. "Lo que no es loco no es verdad", Leónidas Lamborghini

Tenía una vieja Olivetti. La secuencia consistía en retirar todo lo que quedaba del almuerzo o la cena o la vida, y poner la Olivetti gris-azulada sobre la mesa. Él mismo lo contaba y se reía: las teclas eran díscolas, algunas de tanto martillarlas se saltaban y había que pescarlas dentro del esqueleto de metal de la máquina.

A sus pies el perro. Un perro fiel y acostumbrado a dormir con el martilleo sobre su cabeza. "La imagen es que las palabras se buscan desesperadamente", decía. Y de ahí las reescrituras, una suerte de distorsión de otra distorsión y de otra y otra. Sentidos modelados a fuerza de buscar la palabra con desesperación. Si le daban a elegir entre la vida fuera de aquella mesa con mantel , fuera de esa máquina que perdìa los dientes, él se reía. Y lo daba a entender: no quería decirlo abiertamente para no herir susceptibilidades. La Olivetti era la que lo llevaba hasta el límite de sí mismo y el vértigo, como si se tratara de un viejo piloto de riesgo, era lo único que le daba aire a su mundo.
Justificar a ambos lados
Aquella vez fueron dos jornadas de cámara. Era la primera o segunda entrevista que hacíamos para la Audiovideoteca de Buenos Aires, a fines de 2004. El entrevistador fue Pablo Gianera. La primera vez no alcanzó el material y se arregló una segunda charla. Leónidas se había cortado el pelo y ya no tenía disponible la misma camisa gris/celeste de la primera cita. Por eso, en la edición del programa que salia por Ciudad Abierta hay unas variaciones de la luz y la realidad (pequeñas reescrituras).

Pablo, que lo conocía bien, lo convenció de que mostrara su biblioteca. La operación empezó en el pequeño líving del departamento de Laprida, y terminó dentro de un mínimo cuartito de servicio donde dormían Kafka, Dante, Joyce, Oliva y otros tantos noctámbulos condenados al cuartito por falta de espacio.

Luego caminó por el barrio. Las veredas rotas, muy rotas. Y dijo la frase que ayer mismo recordé: "La ciudad es la cárcel del deseo".

No fui amiga de Leónidas Lamborghini. Tampoco discípula. Fui lectora. Y fui una curiosa espectadora de aquella entrevista, una de las más largas que supo dar la Audiovideoteca (unas cinco o seis horas). En ella la idea bizarra de intentar hacer un archivo audiovisual sobre literatura, convenciendo a cada funcionario que se nos cruzó durante meses (y luego años) ,queda completamente justificada. Hicimos ese archivo para que Leónidas nos cuente infinitamente cómo escribía poesía, para que recree cómo surgía en él ese tenaz deseo por encontrar las palabras dentro de un mínimo ambiente porteño, en soledad, fuera del tiempo, mientras afuera la ciudad seguía estallando.

Sé con orgullo que, luego de su obra poética y el recuerdo de quienes compartieron con él la vida, no quedará mejor testimonio que aquella entrevista donde el hombre lee un poema inédito sobre Lewis Carroll. Como en una letanía el verso regresa con la fuerza de un remo contra el agua: "Lo que no es loco no es verdad", dice. Lo que no es loco no es verdad", repite.

Leónidas Lamborghini - 1927 -2010- ver entrevista/programa Obra en construcción

jueves 12 de noviembre de 2009

Doscientos veintinueve

El ave vino a nosotros y se posó en el respaldo de la reposera de playa. Su ojo inquieto detectó algo de lo que estaba sucediendo mientras su corazón, preso dentro de ese cuerpo libre, latió aceleradamente. ¿Cuántas pulsaciones por minuto hay en el corazón del ave cuando el ave se inquieta? Su ojo circuló en derredor, brillante y vivo como un alma nueva. Hasta el siguiente vuelo.
En la memoria de un pájaro, los humanos son seres sin piel. Ruidosos y sin piel. Cubiertos de pies a cabeza con algo diferente de las plumas y el pelaje de ciertas bestias.

En la sabiduría que de la vida tiene un escuerzo, un humano es un ser invasivo. Ha construido una parrilla en su heredad, ha modificado el paisaje con plantas y macetas. Él, que tiene todo para ser piedra, ahora no sabe cómo pasar desapercibido en este paisaje nuevo. Se hace el muerto, explota la mímesis de sus tonos marrones diversos, pero llama la atención en vez de ser parte del todo. Su memoria le dice que hacer el muerto es lo único que cabe cuando un niño inquieto, de ciudad, lo apunta con una rama de árbol para que él muestre que está vivo. El sapo no respira, casi. Su tórax no se mueve más que lo necesario y luego, cuando ya no puede más, exhala en un solo y quieto movimiento de piedra el aire contenido en sus pulmones.

Lo que saben las aves del mundo: caer hacia la tierra con la flecha del pico apuntando al blanco. Lo que los escuerzos saben del mundo: observar el mínimo movimiento que le pueda brindar algún dato acerca del suelo.

El mundo es lo que conocemos. Bastaría con que cambiaran dos o tres detalles para que toda nuestra certeza se desmoronase. Dos o tres detalles. Una mañana en que despertáramos cubiertos de plumas. O una noche cualquiera en que, mientras miramos el asado cocinarse en la parrilla, algo nos llevara a pegarnos a la tierra y quedarnos de piedra para pasar desapercibidos.

No tenemos demasiadas posibilidades de ser otros. Apenas contamos con algunas opciones con las que, a duras penas, nos armamos de una identidad que los años cimentan. Y luego una pieza se corre de lugar y ya no sabemos quién nos habita.

El extraño que hay en nosotros, acecha. Acecha en cada pájaro o escuerzo de este mundo ciertamente ancho y ajeno.

martes 10 de noviembre de 2009

Doscientos veintiocho

Golpéame con tu odio
la mañana se abre
a la duda
y todo tiembla

no hay ramilletes
de hierba
a orillas de la escuela 22

sólo el caserío
donde habitan
demasiados sueños
y alguien reza por su salvación

No está el campo
donde una niña dibuja
la noche

(la noche es una niña
que dibuja)

No sueltes mi mano
de almidón
mi pelo
no sueltes
cabello de ángel

No hay ceremonias blancas
sobre el blanco
pedregullo de mármol
rumbo a la escuela 22

Hay las paredes
descascaradas
y un himno
y las galletas Manon
y mi paraguas
en los charcos

Y las promesas
también blancas
anudadas a la cintura

son un beso
inútil
sobre la cabeza
de yeso de un recién nacido

Besemos santos
y muertos
besemos todo lo inmóvil
lo frío
besemos la mañana helada
rumbo a la escuela 22

donde la amnesia
respira
las horas
el guardapolvo ajado
y las cintas en el pelo

Allí fuimos
lo que se anunciaba
pura carne
para ser devorada
por las uñas sedientas
de lo que ya estaba escrito

lunes 9 de noviembre de 2009

Doscientos veintisiete

Nadie dirá
cuál es el último segundo
de este equilibrio endeble

de este frágil permanecer
sobre la superficie
de las cosas